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El retrato imposible

Texto escrito para la presentación del #5 de la revista La Forma Breve.

Hace unas semanas durante el taller, Madi nos recomendó Retrato de una mujer en llamas, una película de Céline Sciamma de 2020. En Francia, a finales del siglo XVIII, una condesa le encarga a la pintora Marianne el retrato de bodas de su hija, Héloïse. Con instrucciones de completar el retrato en secreto, Marianne finge ser su dama de compañía para poder representarla. La acompaña en sus paseos por la playa, en su estado de melancolia y duelo por el suicidio de su hermana y mientras se encuentran sus soledades van tejiendo una relación hecha de fragmentos, silencios y ocultamientos. Heloise ansía ser mirada por Marianne pero se niega a ser retratada. Esa representación la construirá como una mujer relatable para el hombre al que está prometida. Ella sabe que a partir de esa pintura se construirá como esposa y perderá su libre albedrío. La imagen la condena. Su retrato congelado la precipita a su futuro. Se escabulle de Marianne y Marianne comprende que pintándola se convierte en su ejecutora.

 

Días después de ver la película sigo pensando en la imagen de la mujer en llamas, en el medio de campo, encendiendo la negrura de la noche cerrada. Buscando la mirada de su cómplice como un manotazo en la espesura. Me acuerdo de un diario que leí hace unos meses en el que Celia Paul, otra pintora, también reflexiona sobre el retrato y su doble potencia enquistadora y liberadora al mismo tiempo. “La pintura es el lenguaje de la pérdida. Se raspan capas de pintura una y otra vez, se reconstruye, y se pierde de nuevo” dice Celia. Recuerdo el gesto de Marianne borroneando la cara de su amada Heloise en un gesto abrupto que le permite volver a empezar, una y otra vez. Porque siente que no la tiene, porque la pierde, porque la encorseta, porque la entrega. Pienso también en la paradoja que plantea Barthes: "cuando me siento observado por el objetivo, todo cambia: me constituyo en el acto de 'posar', me fabrico instantáneamente otro cuerpo, me transformo por adelantado en imagen”. Vemos el doble filo de esa construcción: el escudo que me permite ser ficción y descansar en el disfraz es también la posibilidad de relatarme, escribirme, nombrarme, existir. Celia Paul fue muchos años pareja de Lucian Freud y en su libro Autorretrato navega las vicisitudes de ese vínculo complejo en relación a cómo opera el juego de miradas entre ambos. Juego por momentos perverso donde la admiración y el deseo podían volverse vigilancia y poder. Esta relación sujeto-objeto me lleva a recordar un libro que leí hace muchos años y al que siempre vuelvo cuando pienso en el retrato. Mr Gwyn es el protagonista de la novela de Alessandro Baricco, un escritor londinense que diseña un dispositivo para “escribir retratos”. Alquila un estudio, elige un sistema regulable de luces cálidas e invita a personas a posar frente a él, durante largas horas mientras él los observa.

 

Mr Gwyn construye con el aura de los retratados unas descripciones textuales meticulosas pero arbitrarias como toda mirada. Su voluntad de desaparición de la escena literaria de Londres lo lleva a experimentar con un nuevo modo de verlos y escribirlos. Escribir sus cuerpos, sus energías, sus silencios, gestos, incomodidades. Pero ¿qué busca capturar Mr Gwyn? parece perseguir una revelación de la que una imagen no podría dar cuenta. Con la que una imagen él se quedaría corto. Persigue eso que queda afuera. Eso que en el retrato de la peli de Sciamma se borra una y otra vez. Y lo que tensa el juego de miradas entre Celia Paul y el pintor estrella que la mira y la borronea en un mismo gesto. La hace aparecer y la confina al ocultamiento.

 

Yo, en realidad, quería escribir sobre la foto que mandé a la convocatoria de La Forma Breve. Pero mirando mi foto me fui dejando llevar por esta deriva sobre el retrato imposible. Intenté recordar qué me había llevado a construir esa imagen. Y recordé que estaba en el Tigre hace unos cuantos veranos haciendo fotos analógicas y pensando en todos los cuerpos que una se construye a lo largo de la vida y las innumerables auto representaciones con las que dialogamos. Miré ese espacio verde del humedal y sentí que en ese lugar yo podía ser otra cosa un poco más desenganchada de mi relato habitual. Podía perderme en el verde y apuntar ese espejo contra la mata enmarańada o recortarme contra el cielo o proyectarme en el barro. Le pedí a Lucio que me sacara una foto entrando al río y llevando un espejo conmigo. Quería apuntar el reflejo hacia las nubes. Quería que se vieran mis brazos saliendo del agua. Me armé una imagen muy clara en mi cabeza. Cuando revelé el rollo la foto era por supuesto muy diferente. Tuve que recortarla mucho, yo estaba demasiado presente y se me veía la cara completamente. Me gusta esa foto porque también me recuerda la distancia (a veces frustración) que solemos tener con lo que pretendemos construir. Y por eso siento que me gusta más.

 

Imaginar la forma. Hacerla posible. Intentar asirla. Fallar pero acercarse. Querer borrar y rehacer. No conseguirlo. Hacer algo con eso. Y por último construir con los retazos ese retrato imposible.

© 2012 by JACK BANKS PHOTOGRAPHY. No animals were harmed in the making of this site.

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